
Dave se enderezó la corbata lo mejor que pudo por debajo de un cuello que ya no se podía abotonar y sonrió amablemente a Tamargo y a su barriga del tamaño de un colchón.
– Eres un hombre ilustrado -dijo-. Por lo menos, lo serías, si pudieras seguir el Plan Homestead.
– Todavía no estás fuera y ya hablas como un sabelotodo – observó Tamargo-. Tu misión, Slicker, si te decides a aceptarla, es no meterte en ningún jodido problema y no volver por aquí. ¿Te enteras?
– ¿Es ése tu discurso de rehabilitación?
– Ése es.
– Te espera tu abogado -dijo el guardia que le había preguntado si era comunista-. Figúrate, quiere llevarte en coche a la ciudad. Debe de ser por tu ingeniosa conversación.
– Tú también te has dado cuenta, ¿eh?
El guardia le señaló la puerta.
– Hasta la vista, rojillo.
Dave se encogió de hombros. Ahora que lo pensaba mejor, el comunismo sólo le parecía otra forma de robo, sólo eso. Y lo que pasaba en el sistema correccional a gente como Benford Halls, le hacía comprender que al gobierno le importaba una puta mierda soltar a la gente de la cárcel. Lo único que le importaba era ganar las próximas elecciones. Recordaba una escena de su película favorita, El tercer hombre, el famoso discurso del reloj de cuco de Orson Wells. La escena donde Harry Lime se encuentra con su amigo Holly Martins en la noria. Dave había visto tantas veces la película que se acordaba del discurso palabra por palabra.
– En estos tiempos, amigo, nadie piensa en términos de seres humanos. Los gobiernos no lo hacen; entonces ¿por qué tendríamos que hacerlo nosotros? Hablan del pueblo y del proletariado y yo hablo de los imbéciles. Es lo mismo. Ellos tienen sus planes quinquenales y yo tengo el mío.
