
Echó una última mirada a su alrededor y asintió con la cabeza.
– Venga, vamos -apremió Tamargo-. Yo también quiero largarme ¿sabes? Hoy acabo mi turno. Tengo planes.
– También yo -dijo Dave-. También yo.
3
– Bueno, ¿qué planes tienes?
– ¿Planes?
– Tus planes para el primer día de tu nueva vida.
Dave estaba sentado en el BMW serie siete de Jimmy Figaro, admirando los asientos de piel y los acabados de madera, y pensando que era como estar en un pequeño Rolls-Royce. No es que hubiera ido nunca en un Rolls-Royce, pero así era como se lo imaginaba. Ajustando su asiento electrónicamente, miró por la ventanilla ahumada mientras se alejaban de Homestead por la Al. No había mucho que ver. Sólo unos fértiles campos donde, por pocos dólares, podías «recoger tu propia cosecha» de lo que fuera que creciera allí: guisantes, tomates, maíz, fresas, ese tipo de cosas. Sólo que Dave tenía otra cosecha en mente.
– No lo sé, Jimmy. Quiero decir, tú eres el que conduce el coche. Y vaya coche.
– ¿Te gusta?
– ¿Hay servicio de habitaciones? -dijo Dave inspeccionando el teléfono del apoyabrazos-. Nunca había visto un coche con tele.
– Ordenador de viaje. Sólo coge la tele cuando paras el motor.
– ¿Y qué hay de los federales? ¿También los coge?
Figaro sonrió.
– Has estado leyendo el New Yorker.
– He leído todo tipo de basura últimamente.
– Eso he oído. La verdad es que cada mañana barro el coche.Y no quiero decir las jodidas alfombrillas. Llevo un detector manual de parásitos en la guantera.
Luego echó hacia atrás la cabeza y dejó que una sonrisa satisfecha se le extendiera por toda la cara.
– Pero, por si deciden seguirme con uno de esos micros direccionales, llevo dobles ventanas a los lados y atrás.
– ¿Dobles ventanas en un coche? Bromeas.
