Siguieron por el paseo marítimo de North Bay, dieron la vuelta al moderno edificio donde Figaro & August tenía sus oficinas y entraron en el aparcamiento subterráneo. Figaro se dirigió hacia el ascensor.

– ¿Sabes? Ayer por la mañana -dijo-, la recepcionista del despacho recibió una entrega a mi nombre mientras yo estaba reunido con un cliente.

Figaro empezó a reírse entre dientes, mientras subían.

– No es que eso tenga nada que ver con lo que hablábamos antes. Bueno, ella y mi secretaria desenvuelven el paquete y casi se desmayan cuando vieron lo que era. Porque los presos no son los únicos que leen el New Yorker. Bueno, a ellas lo que hay dentro del paquete les parece un abrigo de hormigón. Y el albarán de entrega dice que es de alguien llamado Salvatore Galería. Así que piensan que es un mensaje de la Mafia, algo parecido a «Luca Brazzi duerme con los peces», etcétera, etcétera. Sólo que no es un mensaje de la Mafia en absoluto. Es una escultura que compré en una galería de South Beach la semana pasada. Salvatore Galería, en la avenida Lincoln. Me costó 10.000 dólares. La compré para que diera conversación. Pensé que les gustaría a mis clientes. Para entretener a los chicos listos como tú mientras yo voy a orinar.

– Eso se llama tener un sentido del humor muy negro, Jimmy.

– A Smithy -es la recepcionista- la tuvimos que enviar a casa en un taxi, se puso mala al ver lo que, creía ella, era una amenaza contra mi vida. Bastante conmovedor cuando lo piensas. Quiero decir, es como si realmente le importara lo que me pueda pasar.

– Explicado así, es algo difícil de creer.

Los dos hombres salieron del ascensor y siguieron por el silencioso corredor hasta las oficinas. El despacho de Figaro estaba situado en una parte del edificio que hacía esquina y tenía una ventana corrida que ofrecía una vista panorámica del puente Brickell y de las siluetas parecidas a estanterías de los edificios del centro recortándose contra el horizonte.



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