Como vivienda hubiera resultado un espacio generoso, pero como despacho para un solo hombre, era apabullante. Los ojos de Dave recorrieron los paneles de roble que recubrían las paredes, los sofás de piel color crema, el escritorio del tamaño de un trasatlántico, los horribles cuadros y el abrigo de hormigón, y se dio cuenta de que todo le gustaba mucho, excepto, quizás, el sentido del humor de Figaro y su gusto artístico. El despacho de Figaro le hacía sentirse casi agorafóbico. Se miró los pies. Estaba sobre un suelo de parqué en el extremo de una enorme alfombra de color arena. En el parqué había una placa de bronce con una inscripción que no se molestó en inclinarse para leer.

– ¿Qué es esto? ¿La primera base? Joder, Jimmy, podrías jugar un partido de béisbol aquí.

– Es verdad, tú no habías estado en estas oficinas, ¿no?

– Te deben ir bien los negocios.

– A los abogados siempre les van bien los negocios.

Figaro le indicó con un gesto un sofá, echó una ojeada a las notas que había en un extremo del escritorio de nogal de su socio y esperó a que Carol llegara hasta él, salvando la distancia, para darle la carpeta que le traía.

– ¿Es la carpeta del señor Delano? -preguntó Figaro.

– Sí.

Carol la dejó frente a él en el escritorio y echó una mirada al hombre que estaba sentado en el sofá. Estaba acostumbrada a ver aparecer todo tipo de personajes -era la palabra menos ofensiva que se le ocurría para describirlos- en el despacho de su jefe. En su mayoría eran historiales delictivos andantes, caras toscas con trajes caros, matones con camisas y corbatas tan chillonas como un Carnaval. El personaje del sofá parecía un poco diferente de los demás. Con sus pendientes de oro, barba y bigote al estilo del Caballero Risueño y un tupé del tamaño del de Elvis, parecía un pirata que hubiera tomado prestada alguna ropa después de alcanzar la playa a nado. Pero tenía una sonrisa bonita y abierta y unos ojos aún más bonitos.



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