
– ¿Qué es esto? ¿La primera base? Joder, Jimmy, podrías jugar un partido de béisbol aquí.
– Es verdad, tú no habías estado en estas oficinas, ¿no?
– Te deben ir bien los negocios.
– A los abogados siempre les van bien los negocios.
Figaro le indicó con un gesto un sofá, echó una ojeada a las notas que había en un extremo del escritorio de nogal de su socio y esperó a que Carol llegara hasta él, salvando la distancia, para darle la carpeta que le traía.
– ¿Es la carpeta del señor Delano? -preguntó Figaro.
– Sí.
Carol la dejó frente a él en el escritorio y echó una mirada al hombre que estaba sentado en el sofá. Estaba acostumbrada a ver aparecer todo tipo de personajes -era la palabra menos ofensiva que se le ocurría para describirlos- en el despacho de su jefe. En su mayoría eran historiales delictivos andantes, caras toscas con trajes caros, matones con camisas y corbatas tan chillonas como un Carnaval. El personaje del sofá parecía un poco diferente de los demás. Con sus pendientes de oro, barba y bigote al estilo del Caballero Risueño y un tupé del tamaño del de Elvis, parecía un pirata que hubiera tomado prestada alguna ropa después de alcanzar la playa a nado. Pero tenía una sonrisa bonita y abierta y unos ojos aún más bonitos.
