– ¿Café? -le preguntó Carol a Figaro.

– ¿Dave?

– No, gracias.

Devolviéndole la sonrisa mientras salía del despacho, Carol decidió que con un corte de pelo, un afeitado y otra ropa, parecería más joven y menos alguien que va camino de la cámara de gas. Guapo, eso es lo que parecería. La puerta se cerró tras ella y supo que la sensación que había sentido en el trasero, cubierto por la ajustada falda, procedía de aquellos grandes ojos castaños.

Figaro se sentó delante de Dave y deslizó hacia él una hoja de papel a través de la mesa de café de cristal. Éste todavía recorría la sala con los ojos y no hizo movimiento alguno para mirar el papel.

– ¿Un puro?

Dave sacudió la cabeza.

– Me dan dolor de garganta. Pero me iría bien un cigarrillo.

Figaro escogió un puro de la caja de Cohibas que estaba en la mesa -un regalo de Tony- y luego fue a buscar un cigarrillo para Dave en una caja de plata que estaba encima de su escritorio.

– Fue una decisión acertada, Dave -dijo a través de una burbuja de humo azul-. Mantener la boca cerrada.

Dave fumaba en silencio. Había sido el consejo de Figaro y el error de Figaro, así que dejó que siguiera hablando.

– Fue mala suerte que el Gran Jurado decidiera que tu silencio te hacía cómplice de lo que había pasado. Puede que el juez tuviera en cuenta tu anterior condena. Pero, aun así, cinco años por algo con lo que no tuviste nada que ver… me pareció realmente excesivo.

– ¿Y si a ti te pescan por algo, Jimmy? Aunque sea por algo con lo que no tienes nada que ver. Si te piden que delates a uno de tus clientes. Quizás a tu cliente más importante. ¿Qué harías?

– Supongo que tener la boca cerrada.

– Justo. No es que puedas escoger, ¿sabes? Estarías muerto para mucho más de cinco años, déjame que te lo diga. Eso es un gran consuelo cuando estás en la trena. No pasa un día en que no te digas: esto es el infierno, pero podría ser peor. Podría estar cumpliendo condena en el fondo del océano dentro del abrigo de 10.000 dólares de Jimmy.



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