
– ¿Qué película era ésa, Tommy?
– La hoguera de los mangos.
Figaro notó como se le fruncía el ceño. No estaba seguro de si Rizzoli estaba haciendo un chiste o si realmente pensaba que la película se llamaba así.
– ¿Quieres decir la de Tom Wolfe?
Rizzoli se restregó la nariz con furia y se encogió de hombros.
– Sí, eso es.
Pero para Figaro no había duda de que Tommy Rizzoli sabía tanto de Tom Wolfe como de porcelana fina. Figaro volvió de nuevo su atención a las notas que había ido tomando. Los hechos estaban tan claros como la culpabilidad de Tommy Rizzoli. Él y un socio desconocido -lo más probable es que fuera su medio hermano, Willy Barizon- se habían hecho mediante extorsión con el control de la mayoría del transporte de hielo del condado de Dade. Estaba eso y la agresión a uno de los oficiales de policía que lo arrestaron, que había acabado con la nariz rota.
– ¡Aachum!
La nariz del agente. Era casi irónico en vista de la alergia de la trompeta de Rizzoli, del tamaño de la de Jimmy Narizotas Durante. Pero Rizzoli no daba su brazo a torcer: el agente había resbalado y se había caído.
– ¿Qué te parecería una declaración, Tommy?
– ¿Quieres decir una declaración de culpabilidad o para conseguir clemencia? -Se agarró la nariz y la movió de un lado para otro, casi como si estuviera rota-. Y una mierda.
– Quiero decir un trato. Calculo que olvidarán lo de la agresión si aceptamos la extorsión. Entretanto, te sugiero que vendas tus intereses en el negocio del hielo y el transporte y te prepares para pagar algún tipo de multa.
Los dos hombres se estremecieron cuando una mujer chilló, al otro lado de la puerta. Figaro trató de no hacer caso.
– Los testimonios son poco más que de oídas, en el mejor de los casos -continuó-. Sólo un par de polis de la secreta. Puedo hacer que parezcan un queso suizo.
