– Ése es el queso que está lleno de agujeros, ¿no?

– Exacto. El fiscal del distrito también lo sabe. No veo que tengas que ir a la cárcel por eso.

– ¿No?, ¿eh? -Rizzoli roncó como si hubiera estado profundamente dormido-. Bueno, eso está bien. Sabes, de todas maneras, nunca me ha gustado mucho el hielo.

Alguien llamó a la puerta.

– Es un infierno manejarlo. Por su interesante estructura cristalina.

– ¡Venga ya!

– Es algo que leí. Tiene una estructura laminar. Lo que significa que se deforma al deslizarse. Por eso el hielo se desmorona como lo hace. Como un mazo de cartas.

La secretaria de Figaro se asomó a la puerta.

– Y yo te pregunto, Jimmy, ¿qué clase de negocio puedes construir sobre una estructura cristalina como esa?

– No lo sé, Tommy. ¿Sí, Carol?

– Señor Figaro, ¿podría hablar con usted un minuto?

Figaro miró a su cliente.

– Me parece que casi hemos acabado -dijo, poniéndose de pie-. Hablaré con la oficina del fiscal. Dame una semana para conseguir un acuerdo, Tommy. ¿Vale?

Rizzoli se levantó, estirando automáticamente los puños y la raya del pantalón de su brillante traje de piel de tiburón.

– Gracias Jimmy. Te lo agradezco mucho. Naked Tony tenía razón. Eres uno de los nuestros.

Mientras se abrochaba él también la chaqueta y acompañaba a Rizzoli hacia la puerta, Figaro parecía dolido.

– No, no te equivoques, Tommy. Mira, Tony lo dijo con buena intención, pero no es verdad. Digamos que soy vuestro sacerdote, eso está más cerca de la verdad. El sacerdote intercede por ti antes del juicio. Sólo que nunca tienes que confesarte conmigo. Yo no quiero saber nada. Si eres culpable, a mí me importa una mierda, y lo mismo si eres tan inocente como dar un paseo alrededor de la iglesia un domingo por la tarde. Lo único que me importa es que podamos presentar una defensa mejor que el otro tío -sonrió-. Son cosas de abogados.



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