Ángel, un hispano alto, con un diente de oro, bajó, lo abrazó con afecto, y trató de no ponerse a llorar. Tamargo, el carcelero, grande como un camión, esperaba pacientemente en el pasillo al otro lado de la puerta de la celda.

– Te dejo todo lo que había en el armario. Todas esas porquerías. Caramelos, vitaminas, cigarrillos. Pero fúmatelos pronto – dijo Dave riendo-. Fúmatelos o cámbialos por algo. Pronto estará prohibido fumar en esta cárcel, como en todas partes, y no valdrán una mierda.

– Gracias tío. Te lo agradezco.

– Cuídate. Estarás fuera dentro de muy poco.

– Ya. Claro.

Sin decir nada más, Dave se volvió y siguió a Tamargo por la galería de la planta baja, gritando adioses a los demás prisioneros y tratando de no parecer demasiado contento. Sentía una especie de náusea, la misma sensación que tenía cuando estaba a punto de hacer un examen o enfrentarse a un tribunal. Pero eso no era nada, comparado con lo que debió de pasar Benford Halls. Dave sintió un escalofrío.

– A la mierda -murmuró.

– ¿Has dicho algo? -le preguntó Tamargo.

– No, señor.

Salieron del moderno edificio de dos plantas y, cuando cruzaban el bien cuidado césped, Dave se dio cuenta de que era la primera vez que le permitían pisar la hierba. Era en esas pequeñas cosas donde se descubría la libertad.

En el edificio donde estaba la lavandería y el almacén de provisiones, se sometió dócilmente a la última indignidad que el sistema tenía que infligirle: que le hicieran desnudarse para registrarlo. Era una repetición de la forma en que había ingresado en el sistema. Se quitó el uniforme de la cárcel, e inclinándose se abrió las nalgas para que uno de los guardias pudiera inspeccionarle el ano. Luego le devolvieron su verdadera ropa y empezó a ponerse la chaqueta deportiva, la camisa y los pantalones que había llevado el último día de su proceso. Se sorprendió al ver que la chaqueta le estaba pequeña y los pantalones grandes.



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