Dave miró el matasellos y sacudió la cabeza. Hacía cinco semanas que la habían enviado. Otro día más y él ya no hubiera estado allí.

– Mierda de Aeroflot -murmuró antes de leer cuidadosamente la carta, escrita en ruso. Los precios, la delincuencia y la incompetencia del gobierno; no sonaba demasiado diferente de lo que sucedía en casa. Dave leyó la carta varias veces, consultando en el diccionario varias de las palabras más difíciles para estar seguro de lo que significaban. Hablar ruso era mucho más fácil que leerlo. El alfabeto cirílico no tenía nada que ver con el sistema de escritura occidental, era otra historia. Para empezar tenía seis letras más que las utilizadas en inglés.

Cuando el carcelero vino para escoltarlo hasta la libertad, Dave ya había memorizado el contenido de la carta y la había tirado al váter, bajo la mirada de su compañero de celda, Ángel, que estaba tumbado en silencio en la litera de arriba. Siempre era duro que pusieran en libertad al tipo con quien compartías celda. Su partida te hacía darte cuenta de que tú seguías en prisión. Igualmente inquietante era la perspectiva de un nuevo compañero. ¿Y si era marica?

– El tío recibe una carta y lo sueltan en un mismo día -masculló Ángel-. No sé, pero no parece justo.

Dave cogió la caja de cartón que contenía sus libros, cuadernos, correspondencia y reproducciones de cuadros, se la metió debajo de un brazo musculoso y luego se tiró de la barba estilo Tío Sam que le ayudaba a disimular sus facciones juveniles.

– Bueno, tío, me largo.



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