Altas casas de piedra pintadas de colores brillantes mezclaban confusamente ventanas bajo ventanas y tejados bajo tejados, descendiendo por la inclinada cima del acantilado hasta su borde. A extramuros, bajo las rocas más bajas del sur de la ciudad, se extendían kilómetros de pastos y tierras de cultivo, todas ellas dispuestas en bancales y protegidas por diques, perfectas como el dibujo de una alfombra. Desde la muralla de la ciudad al borde del acantilado, sobre diques y dunas y por encima de la playa y los lustrosos arenales de la marea baja durante más de medio kilómetro, apoyándose en enormes arcos de piedra, se extendía una calzada, que unía la ciudad con una extraña isla negra que había en medio de las arenas. Parecía como un rimero marino, que resaltaba negro y sombrío sobre los lisos y brillantes planos y relucientes niveles de las arenas, roca siniestra, obstinada, cuya parte superior se arqueaba y erguía, una talla más fantástica que lo que el viento o el mar pudieran esculpir. ¿Era una casa, una estatua, un fuerte o un mojón funerario? ¿Qué habilidad negra la había vaciado, y construido el increíble puente, en aquellos lejanos tiempos en que los lejosnatos eran poderosos y guerreaban? Rolery no había hecho nunca mucho caso a las confusas historias de brujería que se contaban cuando se mencionaba a los lejosnatos; pero ahora, ante aquel lugar negruzco en medio del arenal, vio que era extraño, la primera cosa verdaderamente extraña que ella había visto en su vida: construida en una época pasada que nada tenía que ver con ella, por manos que guardaban parentesco con su carne y su sangre, imaginada por mentes ajenas. Era siniestra, y le atraía. Fascinada, contempló una figura diminuta que caminaba por aquella alta calzada, empequeñecida por la distancia y altura, un puntito o pincelada de oscuridad saliendo lentamente de las negras torres entre las brillantes arenas.



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