

David Baldacci
Poder Absoluto
Por orden del presidente
A Michelle,
mi más querida amiga, mi amante esposa, mi cómplice en el delito,
sin ti este sueño hubiese continuado siendo una luz débil
en una mirada fatigada.
A mi madre y a mi padre,
ninguno hubiera podido haber hecho más.
A mi hermano y a mi hermana,
por haber soportado tanto de su hermano menor
y estar siempre a su lado.
El poder absoluto corrompe absolutamente.
Lord Acton
1
Mantuvo las manos apoyadas sobre el volante mientras el coche, con los faros apagados, rodaba un par de metros más y se detenía. Se oyó el ruido de la grava aplastada por los neumáticos y después le envolvió el silencio. Se tomó un momento para habituarse al entorno antes de sacar los viejos y muy usados binoculares de visión nocturna. Hizo girar la ruedecilla poco a poco hasta enfocar la casa. Sin prisas, se acomodó mejor en el asiento. A su lado tenía una mochila. El interior del coche se veía viejo pero limpio.
El auto también era robado, y de un lugar un tanto inverosímil.
Un par de palmeras diminutas colgaban del espejo retrovisor. Una sonrisa severa apareció en su rostro mientras las miraba. Quizá muy pronto estaría en un país de palmeras. Aguas tranquilas, azules, transparentes, puestas de sol espectaculares, levantarse tarde por la mañana. Tenía que bajarse del coche. Era la hora. Aunque se había repetido lo mismo cien veces, esta vez estaba seguro.
Con sesenta y seis años, Luther Whitney ya tenía edad para jubilarse: de hecho, estaba afiliado a la asociación americana de jubilados y pensionistas. A esta edad la mayoría de los hombres habían iniciado una segunda carrera como abuelos, criadores a tiempo parcial de los hijos de sus hijos, cuando las articulaciones cansadas se posaban con cuidado en el sillón favorito y las arterias acaban por cerrarse del todo con el coágulo de los años.
