
Luther sólo había tenido una carrera en toda su vida: forzar la entrada de las casas y locales de otras personas, a ser posible durante la noche, como ahora, y arramblar con todo lo que pudiera cargar.
Aunque era un fuera de la ley, Luther nunca había disparado un arma o arrojado un cuchillo impulsado por la furia o el miedo, excepto en su participación en una guerra bastante confusa librada en una región donde las dos Coreas estaban unidas por la cadera. Y los únicos puñetazos que había repartido había sido en los bares, y sólo en defensa propia cuando la cerveza convertía a los hombres en más valientes de lo que eran.
Luther sólo tenía un criterio a la hora de escoger a las víctimas: robaba a aquellos que podían permitirse el lujo de ser despojados. Se consideraba a sí mismo como uno más en las legiones de personas que le hacían la pelota a los ricos para convencerlos de que compraran cosas que no necesitaban.
Buena parte de sus sesenta y pico de años los había pasado en diferentes penitenciarías de seguridad media y alta a lo largo de la costa Este. Como piedras colgadas del cuello, tenía en su haber tres condenas anteriores por robo en tres estados diferentes. Le habían quitado años de su vida. Años importantes. Pero ahora ya no podía hacer nada al respecto.
Había perfeccionado sus habilidades hasta un punto donde las posibilidades de una cuarta condena eran mínimas. No había nada oculto en lo que ocurriría si lo pillaban otra vez: le condenarían a veinte años. A su edad, veinte años era una condena a muerte. Más valía que le electrocutaran, que era la manera elegida por la mancomunidad de Virginia para acabar con los malhechores más contumaces.
