
La limusina de la compañía de Jennifer había llevado a la pareja hasta la casa de la joven en Northwest Washington donde con toda seguridad él se trasladaría después de la boda; ella detestaba el apartamento de Jack. Faltaban apenas seis meses para el casamiento, un plazo muy corto a juicio de la novia, y él estaba sentado cada vez con más dudas.
Jennifer Ryce Baldwin poseía una belleza espectacular y concitaba las miradas no sólo de los hombres sino también de las mujeres. Además, era inteligente y muy lista, provenía de una familia adinerada y estaba decidida a casarse con Jack. El padre dirigía una de las empresas más grandes de la nación. Centros comerciales, edificios de oficinas, emisoras de radio, filiales, estaba metido en todo lo imaginable, y lo hacía mejor que la mayoría. El abuelo paterno había sido uno de los grandes tiburones de la industria en el Medio Oeste, y la familia de la madre había sido propietaria de una buena parte del centro de Boston. Los dioses habían tenido a Jennifer Baldwin por una de sus criaturas favoritas. Jack no conocía ni a un sólo tipo que no le envidiara la suerte.
Se retorció en el sillón mientras intentaba frotarse el hombro que le dolía. Llevaba una semana sin hacer deporte. Medía un metro ochenta y dos, e incluso a los treinta y dos años, su cuerpo mostraba la misma firmeza de los años de escuela cuando era un hombre entre los niños en casi todos los deportes, y en el college, donde la competición era mucho más dura y sin embargo había destacado como luchador de peso pesado y miembro del equipo de primera. Esto le había permitido ingresar en la facultad de Derecho de la Universidad de Virginia. Se había graduado entre los primeros de la promoción y había aceptado el empleo de defensor público en el distrito de Columbia.
Los compañeros de clase habían preferido las ofertas de los grandes bufetes. Durante un tiempo le habían llamado para darle los teléfonos de los psiquiatras que podían librarlo de su locura. Sonrió mientras se levantaba para ir a buscar la segunda cerveza. Ahora la nevera estaba vacía.
