
Apagó el televisor, cogió una bolsa de cortezas de maíz y fue al dormitorio. Junto a la puerta había montones de ropa sucia. Era lógico que a Jennifer no le gustara el apartamento; él era un patán. Pero lo que más le preocupaba era la certeza de que, incluso impoluto, Jennifer no aceptaría vivir allí. Para empezar estaba en el barrio malo; en Capitol Hill, pero no en la parte rica, ni siquiera cerca.
Después estaba la cuestión del tamaño. La casa de Jennifer tenía unos quinientos metros cuadrados, sin contar el ala del servicio y el garaje para dos coches, donde guardaba el Jaguar y el Range Rover nuevos, como si alguien que viviera aquí, con las carreteras atascadas a toda hora, necesitara un vehículo capaz de subir montañas por la cara vertical.
Él disponía de cuatro habitaciones si contaba el baño. Entró en el dormitorio, se desnudó y se acostó. Al otro lado del cuarto, en un pequeño cuadro que había tenido colgado en el despacho hasta que le dio vergüenza mirarlo, estaba el anuncio de su ingreso en Patton, Shaw amp; Lord. PS amp;L era el bufete número uno de la capital. Atendía los asuntos legales de centenares de empresas de primera fila, incluida la de su futuro suegro, que representaba una cuenta de millones de dólares. A él se le atribuía el mérito de aportar el nuevo cliente y eso, a su vez, le garantizaba ser socio. En Patton, Shaw amp; Lord la condición de socio garantizaba unos ingresos de medio millón de dólares al año. Para los Baldwin esa cifra era calderilla, pero él no era un Baldwin. Al menos por ahora.
Se tapó con la manta. La calefacción del edificio dejaba mucho que desear. Cogió un par de aspirinas y se las tragó con un resto de refresco que tenía sobre la mesa de noche, después contempló el dormitorio que era una leonera. Le recordó su habitación de adolescente. Era un recuerdo agradable Las casas eran para vivirlas; tenían que acoger los gritos de los niños mientras corrían de habitación en habitación en busca de nuevas aventuras y objetos para romper.
