Este era otro asunto pendiente con Jennifer; ella había dejado claro que tener hijos era un proyecto muy lejano. La carrera en la compañía de su padre era lo primero en su mente y su corazón, quizá por encima incluso de él mismo.

Se dio la vuelta y cerró los ojos. El ruido del cristal de la ventana sacudido por el viento le obligó a abrirlos. Miró en aquella dirección, desvió la mirada, pero después, resignado, miró la caja.

Contenía parte de su colección de viejos trofeos y premios ganados en el instituto y la universidad. Pero esos objetos no le interesaban. En la penumbra tendió la mano para coger la foto, decidió que no, y después volvió a cambiar de opinión.

La sacó. Esto se había convertido casi en un ritual. No tenía motivos para pensar que su novia encontraría este recuerdo porque se negaba a permanecer en su dormitorio más allá de un minuto. Cada vez que se acostaban lo hacían en casa de ella, donde Jack permanecía en la cama mirando el techo a cuatro metros de altura, pintado con una escena de viejos caballeros y jóvenes doncellas mientras Jennifer se divertía sola hasta que se cansaba y se ponía boca arriba para que él la montara. O en la casa paterna, en el campo, donde los techos eran todavía más altos y los murales había sido traídos desde alguna iglesia románica del siglo xiii, todo lo cual le hacía sentir como si Dios le observara mientras la hermosa y desnuda Jennifer Ryce Baldwin le cabalgaba y que él ardería en el infierno por culpa de unos momentos de placer visceral.

La mujer de la foto tenía el pelo castaño que se curvaba en las puntas. La sonrisa le recordó el día que había tomado la foto.

Una excursión en bicicleta por la campiña del condado de Albemarle. Él acababa de entrar en la facultad de Derecho; ella estaba en el segundo curso del college de la universidad Jefferson. Aquella había sido la tercera cita pero a los dos les parecía que siempre habían vivido juntos.



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