Kate Whitney.

Pronunció el nombre despacio; su mano siguió instintivamente la curva de la sonrisa, el hoyuelo solitario en lo alto de la mejilla derecha que le daba al rostro un aspecto un tanto sesgado. Los pómulos casi almendrados bordeaban una nariz fina que se curvaba hacia los labios sensuales. La barbilla era afilada y proclamaba terquedad. Jack miró otra vez la cara y se detuvo en los ojos que siempre mostraban un destello travieso.

Se puso boca arriba y colocó la foto sobre el pecho para que ella le mirara directamente. Era incapaz de pensar en Kate sin ver una imagen del padre, con su ingenio agudo y la sonrisa un tanto torcida.

Jack había visitado muy a menudo a Luther Whitney en su casita, en un barrio de Arlington que había conocido tiempos mejores. Se pasaban horas bebiendo cerveza y contando cuentos; casi siempre era Luther el que hablaba y Jack quien escuchaba.

Kate nunca visitaba a su padre, y él jamás intentaba ponerse en contacto con ella. Jack había descubierto su identidad casi por accidente, y a pesar de las protestas de Kate, Jack había querido conocerle. Era difícil que ella no sonriera por una cosa u otra, pero en este asunto se mostraba siempre seria.

Después de que él se licenciara, se trasladaron al distrito de Columbia y ella entró en la facultad de Derecho en Georgetown. La vida era idílica. Kate había asistido a sus primeros juicios cuando él trataba de contener el temblor de las piernas y los quiebros de voz, y no siempre recordaba cuál era su mesa. Pero a medida que aumentó la gravedad de los crímenes de sus clientes, se esfumó el entusiasmo de Kate.

Se separaron al año de haber comenzado él a ejercer.

Las razones eran sencillas: Kate no entendía por qué había escogido defender a las personas que violaban la ley, y no toleraba que a él le gustara su padre.



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