Pero entonces el hombre sujetó las nalgas de la mujer y después comenzó a azotarlas, una y otra vez. Luther torció el gesto ante el dolor ajeno; la piel blanca se veía ahora roja. Sin embargo, la mujer estaba demasiado bebida como para sentir el dolor o bien gozaba con este tratamiento, porque mantuvo la sonrisa. Luther sintió la tensión en las tripas al ver como los dedos del hombre se clavaban en la carne suave.

La boca del hombre bailó sobre su pecho; ella pasó los dedos por la espesa cabellera al tiempo que situaba el cuerpo entre sus piernas. La muchacha cerró los ojos, sonrió de placer mientras echaba la cabeza hacia atrás. Después abrió los ojos y le besó.

Los dedos fuertes del hombre abandonaron las nalgas maltratadas y comenzaron a masajearle la espalda con suavidad. Entonces volvió a clavarle los dedos hasta que la mujer se apartó con una mueca. Ella esbozó una sonrisa y él se detuvo mientras la joven le tocaba los dedos con los suyos. Él volvió a dedicarse a los senos y le chupó los pezones. Cerró los ojos y sus jadeos se convirtieron en un gemido. El hombre la besó en el cuello. Tenía los ojos bien abiertos y miraba hacia donde estaba sentado Luther pero sin imaginar que pudiera estar allí.

Luther miró al hombre, a aquellos ojos, y no le gustó lo que vio.

Pozos de sombras rodeados por una aureola roja, como algún planeta siniestro visto a través de un telescopio. De pronto pensó que la mujer desnuda estaba en poder de algo no tan gentil, no tan cariñoso como esperaba.

Por fin la mujer se impacientó y empujó a su amante sobre la cama. Se montó a horcajadas ofreciéndole a Luther una visión por detrás de algo que debería haber estado reservado a su ginecólogo y a su marido. Ella intentó moverse, pero entonces con un impulso brutal él la tumbó a un lado y se subió encima de la mujer, la cogió de las piernas y se las levantó hasta que quedaron perpendiculares a la cama.



24 из 463