Luther se quedó rígido en el sillón ante el siguiente movimiento del hombre. Él la cogió del cuello y le metió la cabeza entre sus piernas. Lo repentino del acto la hizo boquear, sus labios casi pegados al pene. Entonces él se rió al tiempo que le soltaba las piernas. Un tanto mareada, ella atinó a sonreír y se levantó apoyada en los codos mientras él la dominaba con su altura. Él se cogió el pene con una mano y con la otra le separó las piernas. Mientras ella se tendía con languidez para aceptarlo, él la miró con una mirada salvaje.

Pero en lugar de penetrarla, él le cogió los pechos y se los apretó, al parecer con demasiada fuerza, porque, por fin, Luther escuchó un grito de dolor y la mujer le dio una bofetada. Él la soltó y le devolvió el golpe con saña. Luther vio brotar sangre por una de las comisuras de la boca y derramarse por los labios, cubiertos por una espesa capa de carmín.

– Maldito cabrón.

Ella rodó sobre la cama y se sentó en el suelo. Se pasó los dedos por la boca, probó el gusto de su sangre, por un momento su cerebro borracho recuperó la lucidez. Las primeras palabras que Luther acababa de escuchar con toda claridad hasta ahora le golpearon con la fuerza de un martillo. Dejó el sillón y avanzó hacia el espejo.

El hombre sonrió. Luther se quedó rígido al ver la sonrisa. Se parecía más a la mueca de una bestia dispuesta a matar y no la de un ser humano

– Maldito cabrón -repitió ella, la voz un poco más baja, las palabras farfulladas.

En el momento que ella se levantaba, él le cogió un brazo, se lo retorció hasta tumbarla en el suelo. El hombre se sentó en la cama con una expresión de triunfo.

Con la respiración agitada, Luther permaneció casi pegado al espejo, abrió y cerró las manos mientras miraba. Rogó para que los demás aparecieran. Echó un rápido vistazo al mando sobre el sillón y después miró el dormitorio.



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