
Ella le pateó las piernas y se retorció, pero él pesaba casi el doble;el atacante no cedió.
Luther miró una vez más el mando a distancia. Podía abrir la puerta. Podía acabar con esto. Pero sus piernas no le respondieron. Miró impotente a través del espejo, el sudor le corría por la frente, manaba de todos los poros de su cuerpo; jadeaba mientras su pecho subía y bajaba con movimientos espasmódicos. Apoyó las dos manos sobre el cristal.
Luther contuvo la respiración cuando la mujer se fijó por un instante en la mesilla de noche. Entonces, con un movimiento frenético, empuñó el abrecartas, y de un golpe lo clavó en el brazo del hombre.
Él lanzó un gruñido de dolor, soltó a su víctima y se sujetó el brazo ensangrentado. Por un instante terrible se miró la herida como si aquello no fuera posible. Acuchillado por esta mujer.
Cuando volvió a mirar a la mujer, Luther casi escuchó el gruñido asesino antes de que escapara de los labios del hombre.
Entonces él la golpeó, con una fuerza que Luther nunca había visto pegarle a una mujer. El puño chocó contra la carne suave y la sangre manó de la nariz y la boca de ella.
Luther no supo si atribuirlo a todo el alcohol consumido o a qué, pero el golpe que hubiese tumbado a cualquiera, sólo sirvió para enfurecerla todavía más. Con una fuerza convulsiva la mujer consiguió levantarse. Cuando se volvió hacia el espejo, Luther vio el horror reflejado en su rostro al descubrir la súbita destrucción de su belleza. Con ojos incrédulos tocó la nariz hinchada; se metió un dedo en la boca para saber cuántos dientes estaban flojos. Se había convertido en un retrato emborronado, su mayor atributo había desaparecido.
La mujer se dio la vuelta para enfrentarse nuevamente al hombre, y Luther vio cómo se tensaban los músculos de la espalda hasta parecer tallados en madera. Con la velocidad del rayo descargó un puntapié en las ingles del hombre. Una vez más, sin fuerzas, con los miembros inútiles y dominado por las náuseas, el hombre se desplomó con un gemido. Adoptó una posición fetal y se protegió los genitales con las manos.
