
La mujer se había medio levantado del suelo; poco a poco recuperaba el aliento. Se habían esfumado los sentimientos románticos. Luther lo vio en sus movimientos, cautelosos y deliberados. Al parecer, su compañero no advirtió el cambio en los movimientos ni el destello furioso en los ojos azules, porque si no no se hubiese puesto de pie, tendiendo una mano para que ella se cogiera, cosa que ella hizo.
La sonrisa del hombre desapareció en el acto cuando el rodillazo hizo blanco entre sus piernas. El impacto le hizo doblarse en dos y acabó con su erección. Ni un sólo sonido escapó de sus labios mientras se derrumbaba, excepto el de un jadeo. La mujer recogió las bragas y comenzó a ponérselas.
El la sujetó de un tobillo, la hizo caer, con las bragas a media pierna.
– Puta de mierda. -Las palabras sonaron entrecortadas a medida que intentaba recuperar la respiración, sin soltarle el tobillo, arrastrándola hacia él.
Ella volvió a patearle, una y otra vez. Los pies golpearon las costillas, pero él no la soltó.
– Eres una jodida puta del carajo -dijo el hombre.
Al escuchar el tono de amenaza en aquellas palabras, Luther dio un paso hacia el espejo, una de sus manos voló hacia la suave superficie como si quisiera atravesarla, sujetar ál hombre, apartarlo.
El hombre se levantó con esfuerzo y a Luther se le puso la piel de gallina al ver su mirada.
Las manos del hombre rodearon la garganta de la mujer.
El cerebro de ella, obnubilado por el alcohol, comenzó a funcionar a toda pastilla. Sus ojos, llenos de miedo, miraron a izquierda y derecha a medida que aumentaba la presión sobre su cuello y no podía respirar. Le arañó los brazos, clavándole las uñas.
Luther vio la sangre manar de la piel del hombre pero él no aflojó la presión.
