
Aflojó los tirantes de la mochila y después cruzó el prado con pasos rápidos y largos; en diez segundos se encontraba delante de la sólida puerta de madera reforzada con acero y dotada de una cerradura que pasaba por ser la mejor del mercado. Nada de esto le preocupaba en lo más mínimo.
Sacó una copia de la llave del bolsillo y la insertó en la cerradura, aunque no la hizo girar.
Esperó unos segundos. Después se quitó la mochila y se cambió los zapatos para no dejar huellas de barro. Preparó el destornillador eléctrico, que le permitiría abrir la tapa diez veces más rápido que a mano.
Lo siguiente que sacó de la mochila pesaba exactamente ciento sesenta y ocho gramos, era un poco más grande que una calculadora de bolsillo y aparte de su hija era la mejor inversión que había hecho en toda su vida. Bautizada con el nombre de Ingenio por su dueño, el pequeño artilugio había ayudado a Luther en sus tres últimos trabajos sin el menor fallo.
Luther ya conocía los cinco dígitos del código de seguridad de la casa y los había introducido en el ordenador. Ignoraba la secuencia correcta, pero ese obstáculo lo salvaría el pequeño compañero de metal, cables y microchips si quería evitar el aullido estridente de las cuatro sirenas instaladas en las esquinas de esta fortaleza de mil metros cuadrados que estaba invadiendo. Después seguiría la llamada a la policía efectuada por un ordenador anónimo al que se enfrentaría en unos segundos. La casa también contaba con ventanas sensibles a la presión, detectores en el suelo y sellos magnéticos en las puertas. Todo esto no serviría de nada si Ingenio leía correctamente la secuencia del código del sistema.
Con un movimiento ágil enganchó Ingenio en el cinturón para que colgara sin impedimentos. Miró la llave, y la hizo girar atento al sonido que escucharía a continuación, los rápidos pitidos del sistema de seguridad que avisaban del inminente desastre para el intruso si no suministraba el código correcto en el tiempo asignado y no una milésima de segundo más tarde.
