Se puso en cuclillas donde comenzaba el prado y echó otra larga ojeada; no hacía falta apresurarse. No había perros a los que temer, algo muy importante. Un humano, por muy joven y preparado que estuviera, no corría más rápido que un perro. Pero era el ruido lo que helaba la sangre de hombres como Luther. No había un sistema de seguridad en el perímetro de la finca, sin duda para evitar las innumerables falsas alarmas provocadas por el paso de ardillas, venados y mapaches que abundaban en la región. Sin embargo, Luther no tardaría en enfrentarse con un sistema muy sofisticado, que debía desactivar en treinta y tres segundos, y ello incluía los diez segundos que emplearía en quitar la tapa del panel.

Los guardias de seguridad privados habían pasado por allí treinta minutos antes. Se suponía que los clones de poli debían variar las rutinas y pasar por los sectores de vigilancia cada hora. Pero después de un mes de observaciones, Luther había descubierto la pauta que seguían. Disponía como mínimo de tres horas antes que hicieran la siguiente ronda. No necesitaba ni la mitad de ese tiempo para hacer el trabajo.

La oscuridad era total, y unos arbustos muy espesos, los mejores amigos de los ladrones, se apretaban contra la entrada de ladrillos como un nido de avispas a la rama de un árbol. Miró cada una de las ventanas de la casa: todas estaban oscuras, todas en silencio. Dos días antes había presenciado la marcha de la caravana que transportaba a los ocupantes de la casa en dirección sur, y había tomado debida nota de los integrantes. La mansión más próxima estaba casi a cuatro kilómetros de distancia.

Inspiró con fuerza. Lo había planeado todo, pero en este negocio, la única pega era que nunca podías preverlo todo.



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