
Miró el detector en una esquina del techo que parecía sonreír con su gran boca rectangular; ahora descansaba. Se dirigió hacia las escaleras.
El dormitorio principal no estaba cerrado. Sacó la linterna y dedicó un momento a echar un vistazo. El ojo verde de un segundo panel de seguridad brillaba junto a la puerta del dormitorio.
La casa la habían construido en los últimos cinco años. Luther había consultado el registro, incluso había tenido acceso a una copia de los planos en la oficina del comisionado de planificación y urbanismo. La construcción era tan grande que había necesitado una autorización especial, como si alguna vez el ayuntamiento se hubiese opuesto a los deseos de los ricos.
No había ninguna sorpresa en los planos. Era una casa enorme y bien hecha, que valía los millones de dólares que el propietario había pagado en efectivo por ella.
Luther ya había visitado la casa en una ocasión anterior, a plena luz del día y con gente por todas partes. Había estado en este mismo salón y visto todo lo que necesitaba. Por eso estaba esta noche allí.
Una corona dorada de veinte centímetros de altura le contempló mientras se arrodillaba junto a la enorme cama con dosel. A un costado de la cama había una mesa de noche con un pequeño reloj de plata, la última novela romántica y un pesado abrecartas antiguo de plata con empuñadura de cuero.
Todo en el lugar era grande y caro. Había tres armarios empotrados, cada uno del tamaño de la sala de estar de Luther. Dos estaban ocupados por ropas de mujer, zapatos, bolsos y los demás complementos femeninos en los que alguien podía racionalmente o no gastarse el dinero. Luther observó con una mirada irónica las fotos sobre la mesa de noche dónde aparecían la veinteañera «mujercita de la casa» junto al marido setentón.
Había loterías de todas clases en el mundo, y no todas las administraba el gobierno.
