Varias de las lotos mostraban los encantos de la señora de la casa al máximo, y una rápida inspección al armario reveló que su gusto en materia de ropas era claramente vulgar y de mal gusto.

Observó el espejo de cuerpo entero, estudió las tallas del marco y después revisó los costados de éste. Era un marco muy pesado que, al parecer, estaba encastrado en la pared. Pero Luther sabía que las bisagras estaban ocultas en los rebajos apenas visibles a quince centímetros del suelo y de la parte superior.

Luther volvió a mirar el espejo. Hacía un par de años había visto un modelo como este, aunque entonces no había pensado vaciarlo. Pero no podía pasar por alto un segundo tesoro sólo porque tenía otro a mano; este segundo tesoro le habría reportado unos cincuenta dólares. El botín que había al otro lado de este espejo sería diez mil veces mayor.

Con una palanca y fuerza bruta podía descerrajar el cierre oculto en el marco pero le llevaría un tiempo precioso. Y, sobre todo, dejaría señales de que el lugar había sido robado. Aunque se suponía que la casa estaría vacía durante varias semanas, nunca se sabía. Cuando saliera de Coppers no habría ninguna evidencia de que hubiera estado allí. Incluso a su regreso, los dueños quizá no entrarían en la caja fuerte durante algún tiempo. En cualquier caso, no era necesario coger el camino más duro.

Se acercó a paso rápido al televisor que estaba junto a una de las paredes de la enorme habitación. El sector estaba arreglado como una sala de estar con sillones de cretona a juego con las cortinas y una mesa de centro grande. Luther miró los tres mandos a distancia que había sobre la mesa. Uno correspondía al televisor, el otro al vídeo y el tercero le reduciría el trabajo de la noche en un noventa por ciento. Todos llevaban el nombre de la marca, los tres eran muy parecidos, pero una prueba rápida demostró que dos hacían funcionar los respectivos aparatos y el tercero no.



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