
Nicole se subió en su Taurus blanco, pero los dedos le temblaban tanto que apenas pudo girar la llave de contacto, y mucho menos accionar los botones de la calefacción.
¡Era de locos! Si estaba embarazada de unos tres meses, el niño tenía que haber sido concebido más o menos durante las vacaciones de Navidad.
Y eso era imposible. Totalmente imposible.
Giró hacia la autopista de la costa y pisó el acelerador. Su negocio estaba a unos quince minutos de la clínica, tiempo más que suficiente para que los últimos años de su vida relampaguearan ante el ojo de su mente.
Hacía mucho que había descubierto su talento innato para el diseño, pero existía mucha competencia en el campo de la decoración de interiores. A despecho de los problemas y dificultades iniciales, Nicole había logrado montar una empresa de decoración que no sólo iba viento en popa, sino que auguraba un futuro aún más prometedor.
Durante aquellos años, sin embargo, no había tenido tiempo para pensar en tener hijos o una vida familiar. Quién sabía, tal vez si el hombre adecuado hubiera aparecido en su vida, se habría replanteado la idea de tener hijos. Pero ahí estaba precisamente el problema. No había habido ningún hombre.
Nicole jamás se propuso convertirse en una santa célibe, pero había tenido buenos motivos para elegir la vida de eremita adicta al trabajo.
El estómago se le tensó de pronto a causa de los nervios. Los viejos nervios. Los aterradores y fantasmales nervios que llevaban años sin asomar su fea cabeza. Siempre había tomado las decisiones erróneas. Había llegado, incluso, a sentirse avergonzada de cómo era. Pero todo aquello quedó atrás. Había iniciado una nueva vida y empezaba a sentirse orgullosa de sí misma. No volvería a cometer errores irresponsables e impulsivos. Ni uno sólo. Aunque fuera nimio. Se había convertido en una clase de mujer distinta de la muchachita rebelde de sus años de juventud.
