
O eso había creído. Hasta que el test de embarazo había dado positivo.
Al cabo de unos minutos, Nicole aparcó enfrente del edificio de oficinas de ladrillo y cristal y entró presurosa, huyendo del implacable viento.
Su despacho estaba situado al fondo de la planta. Era una suerte de santuario de paredes enmoquetadas de azul y ventanas con vistas a un acantilado del Pacífico. Las olas azotaban furiosamente las rocas, que formaban un conjunto salvaje y solitario,
Exactamente como se sentía Nicole.
Con el pulso disparado, se derrumbó en la silla situada tras la impecable mesa de pacana y cerró los ojos.
Los rostros de sus empleados desfilaron por su mente. John, Mitch, Wilma, Rafe. Y sí, recordaba haber dado una fiesta para el personal de la empresa dos días antes de Navidad. El único acontecimiento social en el que había participado desde hacía una eternidad.
Ya antes se había dado cuenta de que algunos momentos de dicha fiesta aparecían confusos y nebulosos en su recuerdo. Pero no le había parecido extraño, pues aquella noche recordaba haberse sentido mortalmente cansada. Había celebrado la fiesta en su casa, e incluso había despejado algunas habitaciones para que los invitados pudieran dormir allí sin tener que preocuparse de conducir con una copa de más.
Nicole se frotó las sienes con los dedos. Sus empleados se lo habían pasado estupendamente, como ella deseaba… Algunos momentos de la fiesta acudían a su memoria nítidos como el cristal. Pero, hasta ahora, no había recordado cómo bromearon con ella acerca de su negativa a beber alcohol. Siempre le reprochaban su excesiva formalidad, el hecho de que nunca se soltara el pelo y se dejara llevar.
