
– ¿Cuál?
Mitch pensaba que la química existente entre ambos causaba una fricción sexual suficiente como para arrasar un bosque entero. Pero, de momento, no creía que Nicole estuviese preparada para oír aquello.
– Podemos hablar sobre ello en otra ocasión. Sólo te he hablado de mi pasado para estimular tu memoria. Porque no te he dicho nada de mí que no sepas ya.
Ella se detuvo en seco, con expresión confusa.
– No, no sabía…
– Sí que lo sabías. Hablamos sobre ello la noche de la fiesta -tal vez, hasta ese momento, Mitch no había creído realmente que no recordara nada. Pero vio cómo tragaba saliva, cómo sus ojos le penetraban ansiosamente el rostro. Lentamente, siguió diciendo-: Los demás se fueron poco después de media noche. Tú y yo nos quedamos un rato charlando. Me contaste muchos detalles personales de tu vida…
– Oh, Dios mío. ¿Qué te dije?
– Nada que deba preocuparte. Sólo intento explicar cómo transcurrió la noche. Bebí mucho champán. Igual que tú. No planeé acabar metido en tu cama, Nik… Diablos, hubiera llevado preservativos de haber atisbado la menor posibilidad de que eso sucediera. Simplemente, empezamos a hablar. Y tú nunca habías hablado realmente conmigo hasta entonces. Sí, estábamos bebidos, pero creo, sinceramente, que no hasta ese punto. Tal como yo lo interpreté, ambos tomamos la decisión en nuestro sano juicio.
Nicole agarró nerviosamente una piedra lisa y la lanzó al agua, como él hizo minutos antes. La suya rebotó seis veces, aunque ella no se detuvo a contemplarla. Volvía a mirar a Mitch a la cara.
– Mitch, jamás se me ha pasado por la cabeza culparte de nada. Ya suponía que todo fue culpa mía.
Un hondo sentimiento de frustración clavó sus garras en Mitch. Deseaba hacerla comprender que no había intentado aprovecharse de una mujer vulnerable con dos copas de más. Pero no había sido su intención hacerla cargar con la culpa de lo ocurrido.
