
Nicole se puso seria al instante.
– ¿Me preguntas si he cambiado de opinión? ¿Si estoy pensando en abortar?
– Eso exactamente.
Ella se guardó las manos en los bolsillos traseros de los téjanos.
– Si tuviera dieciséis años, o estuviera enferma, o supiera que el niño tiene problemas… no sé qué haría-dijo con total sinceridad-. Pero mis circunstancias no son ésas. Quizá no esperase un embarazo en estos momentos, pero siempre he querido tener hijos. Estoy sana y tengo una edad ideal para ser madre. Puedo criarlo sin problemas. Y sí… lo deseo. Aunque aún no he tenido tiempo para pensar cómo voy a arreglármelas.
– De acuerdo -Mitch exhaló un suspiro de alivio-. Pero tendrás que simultanear el trabajo y el embarazo. Y, más tarde, el trabajo y la crianza de un hijo.
– Lo sé…
– Y yo ocupo un lugar en todo esto, Nik. No sólo porque desee ser padre, sino también porque conozco el negocio. No hay nadie más capacitado que yo para ayudarte.
Nicole permaneció callada. Aquello era innegablemente cierto.
– También me preocupa cómo puede afectar todo esto a tu empresa y tu trabajo -prosiguió él-. Como bien has dicho, una mujer puede criar sola a su hijo en la actualidad. Pero eso es en teoría, y la vida no suele ser tan bonita en la práctica. La gente rumoreará acerca de cómo te quedaste embarazada si no tienes a un hombre a tu lado. A la mayoría no le importará. Pero tienes algunos clientes muy conservadores. Y has trabajado mucho para labrarte una reputación intachable.
– Te comprendo. Pero no temo que hablen de mí…
– Seguro que no, Nik. A mí tampoco me importa lo que digan los demás. Pero con un anillo de matrimonio te evitarías todos esos escollos.
Nicole se pasó una mano por el cabello. Así exactamente era Mitch en el trabajo. Cuando la plantilla empezaba a discutir, él rara vez alzaba la voz. Siempre tranquilo, práctico, sensato. Podía hacer creer a una mujer que un matrimonio entre desconocidos era perfectamente lógico.
