
– Naturalmente que deseo hablar de los hijos -se apresuró a asegurar Nicole-. El niño es lo único que ocupa mi mente.
– Vamos; no empieces a ponerte nerviosa…
– No estoy nerviosa -negó ella de inmediato…
Pero, en realidad, lo estaba. No dejaba de pensar en las sensuales imágenes que aquel maldito hombre había impreso en su cerebro.
– De acuerdo, no estás nerviosa -dijo él cortésmente-. Pero antes de que recorras otro kilómetro de playa a ese ritmo… ¿no crees que nos hemos alejado ya bastante? Y has tenido un día agotador. ¿Volvemos?
Nicole se giró rápidamente. De no habérselo sugerido con semejante caballerosidad, le habría propinado una bofetada. No había ni un ápice de sarcasmo en el tono de Mitch, pero por eso exactamente se sentía tentada de golpearle. Podía mostrarse cínico y corrosivo con otra gente. Con ella, sin embargo, utilizaba aquel tono de voz bajo, ronco, sensual. La ponía furiosa.
– Iba a sugerir que diésemos media vuelta.
– Seguro que sí -convino él-. Aunque no hemos hablado de lo que deseamos hacer. Tengo unas ideas con respecto a los hijos que deberías conocer.
– ¿Qué ideas?
– En primer lugar, la más tradicional que toda pareja ha puesto siempre en práctica cuando surge un embarazo inesperado. El matrimonio.
Por primera vez en lo que iba de día, Nicole se relajó. Una risita ascendió por su garganta y escapó en forma de carcajada. La situación no tenía nada de divertida. Pero se había mantenido en un estado de nervios tan tenso, que el chiste le produjo un gran alivio emocional.
– Gracias, Sir Galahad. Es usted muy dulce.
– ¿Nik? No pretendía ser «dulce». Era una sugerencia seria.
Las carcajadas de Nicole se extinguieron, pero no su sonrisa.
– Vamos, sé que no puedes hablar en serio. No vivimos en la Edad Media. Ya nadie tiene que casarse por obligación. Las mujeres pueden criar solas a sus hijos.
– Así que… ¿estás completamente decidida a tenerlo? -inquirió Mitch rápidamente-. Sí, ya sé lo que dijiste antes. Pero fue a los pocos minutos de descubrir que estabas en estado.
