Las estrellas empezaron a dar vueltas. Como si de pronto se hubieran introducido en un sueño, Nicole empezó a devolverle el beso, a besarlo como jamás pensó que pudiera besar a nadie, como si necesitara besar para seguir viviendo. Nada de aquello tenía sentido. Nada. Llevaba asustada todo el día. Cualquiera podía vivir un momento de locura cuando su mundo se había visto vuelto del revés. Lo único que debía hacer era dominarse.

Salvo que ya no se sentía asustada, ni deseaba dominarle. Ningún hombre le había hecho sentir aquella magia. Pero el calor que ascendía por sus senos y por su vientre la hacía sentirse viva, como si llevara dormida toda la vida hasta entonces. Como si los besos de aquel hombre la hubieran despertado.

Era perfectamente consciente de que había perdido el juicio. Pero saberlo no impidió que la sangre se le subiera a la cabeza.

Era demasiado grande. Demasiado alto. Tenía que agacharse incómodamente para besarla, pero ella no parecía ser receptiva a los problemas de Mitch. Bastante tenía con los suyos propios. Los muslos de él la rodearon, amándola, excitándola. Sus manos grandes y suaves le acariciaban el cabello, mimándola, venerándola. Los besos se sucedieron uno tras otro, cada cual más estremecedor y placentero que el anterior, transmitiéndole la sensación de que, por primera vez en su vida, estaba a salvo. Y, al mismo tiempo, expuesta a un exquisito y delicioso peligro.

Súbitamente, la luna se tornó tan cálida y brillante que Nicole tuvo que cerrar los ojos. El océano azotaba la playa. Sentía cómo la tensión iba creciendo en el cuerpo de Mitch, cómo sus músculos ardían allí donde ella lo acariciaba, y siguió correspondiendo a sus besos.



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