– ¿Nicole?

Al oír la voz de Rafe, Nicole levantó bruscamente la cabeza… y se dio un golpe con el filo de la mesa. Una explosión de dolor le recorrió el cráneo.

– Estoy aquí. Se me ha caído un bolígrafo -canturreó en tono alegre. Y se incorporó-. ¿Qué puedo hacer por ti?

– Ha llegado el señor Shaw. No hace falta que te des prisa. Le hemos ofrecido un café. Pero quería asegurarme de que tienes el bosquejo que te pasé ayer.

– Claro que sí -Nicole intentó dar un paso, lo que fue un craso error. La cabeza le dio una punzada, el estómago un vuelco, y las rodillas amenazaron con fallarle-. Me reuniré con vosotros dentro un par de minutos, ¿de acuerdo?

– Muy bien -Rafe titubeó-. Eh, Nicole, ¿te encuentras bien?

– Pues claro que sí. Mejor que nunca -esbozó la misma sonrisa radiante que había exhibido ante Wilma. Al salir Rafe, se hundió de nuevo en la silla.

De acuerdo, la mañana no había empezado bien. Sólo necesitaba hacer acopio de su fuerza de voluntad. No iba a vomitar. El dolor palpitante que le taladraba las sienes cesaría. Todo saldría a la perfección. Era cuestión de imponer la mente sobre la materia. En pocos minutos vería a Mitch cara a cara. Y zanjaría el acuerdo con el señor Shaw. Y saldría airosa de ambas situaciones.

Alzando el mentón deliberadamente, caminó a grandes zanjadas hasta la sala donde se celebraba la reunión, con su sonrisa más confiada y radiante en el rostro. Le bastó una sola mirada para comprobar que el equipo estaba haciendo un buen trabajo. El sol entraba por las ventanas, iluminando las tazas de café recién hecho, la maqueta del edificio del señor Shaw situada sobre la mesa, y al propio señor Shaw riéndose entre Rafe y Mitch. Aquellos dos tenían un talento innato para lograr que un cliente se sintiera cómodo.

Naturalmente, Nicole se centró en el señor Shaw. Hubiera sido inapropiado que mirase a Mitch… aunque, de algún modo, absorbió su imagen con todo detalle de un solo vistazo. Sus largas piernas estaban hechas para llevar téjanos, no pantalones formales, pero aquel traje le confería un atractivo aspecto de autoridad. La corbata era atroz, pero tenía el cabello rubio peinado hacia atrás. Sus anchos hombros tapaban el sol, y sus ojos… Sus ojos evocaban el insondable cielo de la medianoche. Y su boca le hacía pensar en las estrellas…



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