– Sí, son muy buenas personas. Algo exigentes… y, bien lo sabe Dios, algo cabezotas. Pero siempre nos hemos querido -Mitch casi añadió «y te querrán a ti», pero prefirió callarse-. ¿Te apetece beber algo? ¿Una taza de té?

– Un poco de té me sentará bien, si tienes.

Educada como una duquesa. Muy bien, se dijo Mitch. Tendría que seguir tratándola con sutileza hasta que dejara de sentirse incómoda.

– Siéntete libre de echar un vistazo a la planta de arriba. Y si quieres ese jersey, busca en el segundo cajón de la coqueta de mi cuarto.

En cuanto Nicole hubo desaparecido escaleras arriba, Mitch llamó a varios restaurantes. No tenía en la nevera patas de cangrejo con mantequilla, pero seguramente encontraría alguna marisquería que pudiera servírselas a domicilio.

Al cabo de diez minutos, volvió a oír las suaves pisadas de Nicole, y se giró rápidamente. Era inútil intentar reprimir la sonrisa. Nik estaba deliciosa. Llevaba puesto uno de sus jerseys negros, y unos pantalones enrollados a la altura de los tobillos. De no haberse propuesto portarse bien, hubiera emitido un aullido de lobo. Al menos, ella también sonreía mientras bajaba las escaleras.

– No quería ponérmelos, Mitch, pero me miré en el espejo. Me temo que sigo pareciendo una bruja con ese antiséptico morado en el pelo.

Jamás podría parecer una bruja. Su cabello revuelto y sus pies descalzos, sin embargo, despertaron en Mitch pensamientos supuestamente indebidos.

– El té casi está listo. ¿Qué tal la cabeza?

– Aún me duele un poco, debo reconocerlo.

– ¿Quieres una aspirina?

– Me encantaría tomar una… pero será mejor que lo deje. No le he preguntado al médico qué medicinas pueden sentarle mal al niño. Tienes un estupendo despacho arriba.

En efecto. El despacho contaba con un balcón y una claraboya, y daba cabida tanto al ordenador de Mitch como a sus tableros de dibujo. No obstante, supuso que el comentario sobre el despacho había sido una forma políticamente correcta de no hablar sobre habitaciones más privadas. El aseo de la planta superior estaba alicatado de negro y rojo, y tenía una gruesa moqueta. Y el dormitorio se componía, entre otras cosas, de una enorme cama de matrimonio con dosel, vestida con un mullido cobertor de un rojo sibarita, y una chimenea emplazada en un rincón.



38 из 111