
Nicole se dio media vuelta y, protegiéndose los ojos del sol, estudió la casa. Mitch no estaba seguro de que le gustara su diseño futurista. Dos plantas con fachadas de cristal dominaban el panorama, y la estructura sobresalía del precipicio rocoso apoyada en vigas de acero. A excepción del acero y el cristal, Mitch no había utilizado otros materiales que la roca nativa y madera, de tal modo que la casa parecía casi formar parte de la montaña.
Nik bajó la mano.
– No me explicó cómo pudiste construirla.
– No fue sencillo. Pero no habría sido tan divertido de no haber constituido un desafío -Mitch vio que Nicole tiritaba a causa de la fría brisa-. Entremos. Tienes algo de sangre en el traje, Nik, e imagino que querrás cambiarte de ropa. Te dejaré algún jersey…
– No hace falta que… -empezó a decir ella, pero entonces se fijó en la carrera que tenía en la media y en las manchas de sangre, y titubeó-. Está bien. Tengo una pinta desastrosa. Pero no hace falta que me quede tanto tiempo, Mitch…
– Sólo un rato -convino él.
Una vez dentro, Nicole estudió los detalles de la casa con atención. Una chimenea de piedra, en el centro de la estancia, separaba el salón de la cocina. Unas puertas de cristal se abrían a un espacioso balcón con una bañera jacuzzi, cuyo diseño y construcción habían sido, a todas luces, muy complicados.
Nicole la rodeó, con las manos en las caderas.
– Menuda guarida -comentó en tono provocativo.
– Lo hice lo mejor que pude.
Ella continuó paseándose, estudiando las fotografías, acariciando los marcos de rico cuero.
– Tu familia y tú parecéis muy unidos -recorrió con la yema del dedo el marco de una foto donde la madre aparecía flanqueada por sus dos hijos con uniformes de baloncesto.
