Que Mitch supiera, su jefa no temía a nada. Algo que siempre lo había preocupado y fascinado al mismo tiempo. No conocía su pasado, pues Nicole jamás hablaba de ello, al menos con la plantilla. No, nada de asuntos personales.

Sin embargo, su entereza parecía haberse esfumado. Parecía trastornada por algo. La única ráfaga de color que se apreciaba en su rostro era el de sus ojos. Eran azules, almendrados, casi demasiado grandes para una cara tan pequeña. Por lo general, los ojos de las mujeres delataban sus sentimientos más íntimos, pero no los de Nicole. Su expresión solía ser igualmente neutra cuando ocultaba algo. Así pues, que aquellos ojos revelaran pánico y vulnerabilidad alarmó a Mitch sobremanera.

– Has dicho que querías hablar conmigo -volvió a instarle Nicole.

– Sí, pero esperaré. Estás muy pálida. ¿Seguro que te encuentras bien? ¿Te ha ocurrido algo esta tarde?

– Sí. No. Yo… Oh, Dios mío -Nicole se hundió en la silla y esbozó otra sonrisa, como si quisiera tranquilizarlo-. Estoy bien. No es problema tuyo, Mitch. Pero probablemente no es un buen momento para hablar de trabajo, siempre y cuando se trate de algo que pueda esperar a mañana.

Mitch oyó voces en el exterior del despacho. La plantilla se disponía a dar por concluida la jornada. También él tendría que marcharse. Obviamente, Nicole le estaba pidiendo que la dejara sola.

– Supongo que lo que te ocurre será algo personal.

– Exacto. No tienes por qué preocuparte.

– Esta tarde te ausentaste un par de horas. ¿Tenías cita con el dentista o con un médico? ¿Alguna mala noticia referente a tu salud?

– Sí, tenía una cita con el médico. Y te repito que estoy bien. O lo estaré mañana.

Mitch captó claramente el mensaje. Pero vio que las manos le temblaban, su voz era trémula y tenía la preciosa piel blanca como la cal.

– ¿Te ha dicho el médico algo que te ha disgustado?



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