
Encontró a Nicole de pie ante la ventana. Ella se giró rápidamente al oír el sonido de su voz. Y Mitch pudo verle la cara.
– Claro, adelante. ¿Cuál es el problema? ¿La cuenta de Llewellyn?
– No, nada de eso. Necesito hablar contigo, pero… Oye, ¿te encuentras bien?
Ella esbozó una sonrisa momentánea, tan falsa como las promesas de un político.
– A decir verdad, he tenido días mejores, pero estoy bien. De veras. Siéntate y dime cuál es el problema.
Mitch tomó asiento en una de las sillas azules del despacho y estiró sus largas piernas. Inquieto, se dio unos golpecitos en la rodilla con el sobre, y luego se lo guardó en el bolsillo.
No sabía si su jefa estaba enferma o asustada. Pero algo iba decididamente mal. Era tan impropio de Nicole Stewart parecer frágil, que tenía que tratarse de algo grave.
Mitch sólo tardó unos segundos en catalogar sus rasgos de pies a cabeza… aunque esta vez tenía motivos altruistas para hacerlo. El pulso se le aceleraba cada vez que Nicole lo miraba. Del uno al diez, sus piernas merecían un diez alto, pero el resto de su cuerpo se quedaba en un tres escaso. En realidad, su figura no era nada del otro mundo. Senos pequeños. Caderas estrechas. Aunque su forma de moverlas solía volverlo loco.
En realidad, su cara era su mayor atractivo. Cabello castaño rojizo que enmarcaba un rostro oval de líneas interesantes. Nariz pequeña y respingona. Mentón con carácter. Pómulos delicados y una boca de labios carnosos que dejaban ver unos preciosos dientes blancos cuando se reía. La forma de aquellos labios harían preguntarse a cualquier hombre cómo besaba su dueña.
Normalmente, cuando Mitch contemplaba su rostro y su forma de moverse, veía majestuosidad.
Carácter. Era dura y reservada, cualidades que siempre había admirado en una mujer. Su lealtad hacia la plantilla era legendaria. Siempre daba la cara por sus empleados cuando surgía alguna situación difícil. Tenía agallas, voluntad, fortaleza.
