
Se le encogió el estómago. Si lo hubiera sido, habría sido también lo bastante lista como para anticipar aquello. Y lo bastante fuerte para proteger a Sadie.
Casi había llegado demasiado tarde. Y era la pobre perra la que había pagado las consecuencias durante el tiempo que Ted las mantuvo separadas. Y dado el modo en que Sadie observaba todos sus movimientos, no había duda de que la habían descuidado por completo. Era un crimen, ya que la perra era un verdadero encanto, aunque fuera un encanto de setenta y cinco kilos.
De acuerdo, era grande, con una cabeza enorme y un cuello firme como una roca. Pero era adorable y era suya. Bueno, al menos la mitad.
No tenía ni idea de dónde iban a vivir ahora que Ted había cambiado las cerraduras de la casa, le había robado el coche y vaciado su cuenta corriente.
La policía no tenía tiempo para ocuparse de su caso. En primer lugar, la casa era de Ted, lo que le dejaba pocos recursos legales. En segundo lugar, Ted le había comprado el coche que había recuperado ahora.
El dinero, sin embargo, era todo suyo, lo había ganado con su trabajo de entrenadora profesional de perros. Pero tampoco ahí tenía recursos legales, ya que ella había dado a Ted el número clave de su tarjeta bancaria.
Danielle podía soportar su estupidez al dejarse robar, pero vivir sabiendo que había estado a punto de dejar a Sadie a merced de un hombre que podía hacerle daño era otra cuestión.
La perra, cuyos movimientos limitaba el cinturón que le cruzaba el cuerpo, se apoyó sobre la joven con fuerza. Era su forma de abrazarla.
El nudo que Danielle tenía en la garganta se debía más al estrés que a otra cosa, pero estaba dispuesta a dejarse consolar.
– Gracias -dijo. Sonrió cuando la perra la lamió desde la barbilla hasta el pómulo.
Pero ni siquiera el amor de una mastín inglesa encantadora podía enmascarar los hechos. Era una fugitiva. Ella, una mujer que cumplía las normas hasta el aburrimiento, se había convertido en una delincuente que tenía cuarenta y nueve dólares en el bolsillo, un ordenador portátil y el depósito de gasolina del coche que le había prestado su amiga Emma.
