Eso implicaría dinero. Lo cual implicaría seguridad. Estabilidad. Dos cosas que definitivamente necesitaba en su vida.

Salió de la autopista con decisión. Primero compró dos hamburguesas gigantes, una para sí y la otra para Sadie. Después buscó un teléfono; en las páginas amarillas de Providence aparecían dos estudios de fotografía. Cerró los ojos y señaló uno a ciegas con el dedo.

– Deséame suerte -le dijo a la perra antes de marcar.

Capítulo Uno

El teléfono sonó una y otra vez. Pero Nick Cooper, que tomaba el sol tumbado en la hamaca, con una copa en equilibrio sobre su vientre, fingió no oírlo.

Él no tenía la culpa de que sus hermanas hubieran abandonado el barco y dejado el estudio de fotografía de su propiedad para buscar al hombre de sus vidas.

De acuerdo, no era cierto que hubieran abandonado el barco. Kim se había casado y merecía irse de luna de miel. Kate, su hermana melliza, también merecía unas vacaciones, razón por la cual se hallaba en ese momento en Hollywood con su nuevo novio.

Y después de todo, le habían preguntado si le importaba. Y él fue incapaz de decir que sí a aquellos cuatro ojos suplicantes y expresivos.

El teléfono siguió sonando.

– No soy un contestador automático -dijo al aire de la primavera, odiando la idea de moverse ni un centímetro.

Pero aquel era su trabajo, después de todo. Había mirado a sus hermanas a los ojos y se había rendido como un cobarde, prometido anotar mensajes y dar citas y ser simpático con la gente que llamara.



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