
Harriman apretó la parte delantera de sus labios, pero una sonrisa traviesa torció las comisuras de su boca.
– Un fax -dijo-. Cambridge. Perfecto. Enseguida, superintendente. -Y añadió, como andanada de despedida-: Carlos estudió allí, ¿sabe?
John Stewart levantó la vista y se dio unos golpecitos en los dientes con el extremo del lápiz.
– ¿Carlos? -preguntó confuso, como preguntándose si la atención que había dedicado a su informe le había hecho perder el hilo de la conversación.
– Gales -dijo Webberly.
– ¿Galeses en Cambridge? -preguntó Stewart-. ¿Qué ocurre? ¿Hay una reunión de antiguos alumnos?
– El príncipe de Gales -ladró Phillip Hale.
– ¿El príncipe de Gales está en Cambridge? De eso debería encargarse la Rama Especial, no nosotros.
– Jesús. -Webberly arrebató a Stewart el informe y lo utilizó para subrayar con gestos sus palabras. Stewart se encogió cuando Webberly lo enrolló hasta formar un tubo-. Nada de príncipes. Nada de Gales. Solo Cambridge. ¿De acuerdo?
– Sí, señor.
– Gracias.
Webberly observó con alivio que MacPherson había guardado el cortaplumas y que Lynley le miraba fijamente con sus indescifrables ojos oscuros, tan reñidos con su cabello rubio, impecablemente cortado.
– Ha ocurrido un asesinato en Cambridge y nos han pedido que intervengamos -dijo Webberly, y atajó objeciones y comentarios con un brusco y perentorio ademán vertical-. Lo sé, no hace falta que me refresquen la memoria. Me como lo que he dicho. A mí tampoco me gusta.
– ¿Hillier? -preguntó con astucia Hale.
Sir David Hillier era el superior de Webberly. Si una petición de que los hombres de Webberly intervinieran en algo procedía de él, no era una petición. Era la ley.
– No del todo. Hillier ha dado su aprobación. Conoce el caso. Me hicieron una petición directa.
