Su madre existía en un mundo nebuloso de demencia senil. La probabilidad de que la señora Gustafson oyera el teléfono era tan remota como la de que su madre comprendiera que los timbrazos procedentes de la cocina significaban que alguien quería hablar mediante aquel peculiar aparato negro que colgaba de la pared. Si oía el ruido, tanto podía abrir el horno como acudir a la puerta de la calle, o descolgar el teléfono. Y si lo hacía, era improbable que reconociera la voz de Barbara o recordara quién era sin tirarse de los pelos una y otra vez.

Su madre tenía sesenta y tres años. Gozaba de una salud excelente. Lo único que agonizaba era su mente.

Barbara sabía que contratar a la señora Gustafson para que cuidara a su madre durante el día era, a lo sumo, una medida provisional e insatisfactoria. La señora Gustafson, con setenta y dos años, carecía de la energía y los recursos necesarios para cuidar de una mujer cuyo día tenía que ser programado y controlado como el de un bebé. Barbara ya había comprobado en persona tres veces los problemas derivados de conceder a la señora Gustafson la custodia, aunque limitada, de su madre. En dos ocasiones había llegado a casa antes de lo habitual, descubriendo que la señora Gustafson se había dormido en la sala de estar. Mientras la televisión vomitaba un programa con risas grabadas de fondo, su madre flotaba en un desvarío mental, perdida la primera vez al fondo del patio trasero, mientras que en la segunda se balanceaba incesantemente sobre los peldaños delanteros.

El tercer incidente, tan solo dos días antes, había conmocionado a Barbara. Una entrevista relacionada con el caso del muchacho destripado la había llevado cerca de su barrio, y se había presentado en casa inesperadamente para ver cómo iba todo. La casa estaba vacía. Al principio, no experimentó pánico. Dio por sentado que la señora Gustafson había sacado de paseo a su madre. De hecho, experimentó una gran gratitud hacia la anciana por atreverse a controlar a la señora Havers en la calle.



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