– Es un bonito embrollo -comentó MacPherson.

Lynley volvió a la vida y extendió la mano hacia el informe. Se caló las gafas, lo leyó y, a continuación, habló por primera vez.

– Yo me ocuparé.

– Creía que estaba trabajando en el caso de aquel muchacho destripado en Maida Vale -dijo Webberly.

– Lo concluimos anoche, esta madrugada, para ser preciso. Encerramos al asesino a las dos y media.

– Santo Dios, muchacho, tómate un descanso de vez en cuando -dijo MacPherson.

Lynley sonrió y se levantó.

– ¿Alguien ha visto a Havers?


La sargento detective Barbara Havers estaba sentada ante un ordenador verde, en la sala de Información situada en la planta baja de New Scotland Yard. Miraba fijamente la pantalla. En teoría, estaba buscando información sobre personas desaparecidas (desde hacía cinco años, si debía creer al antropólogo forense), en un intento de apurar las posibilidades que presentaba un esqueleto encontrado bajo los cimientos de un edificio, que acababan de demoler en la isla de los Perros. Era un favor que le había pedido un compañero de la comisaría de Manchester Road, pero su mente no asimilaba los datos que aparecían en la pantalla, ni mucho menos los comparaba con una lista de las dimensiones del radio, cubito, fémur, tibia y peroné. Se rascó ambas cejas con los dedos índice y pulgar, y echó un vistazo al teléfono que descansaba sobre un escritorio próximo.

Tenía que llamar a casa. Necesitaba comunicar con su madre, o al menos hablar con la señora Gustafson, para comprobar que todo estaba controlado en Acton.

Sin embargo, marcar las siete cifras, esperar con creciente angustia a que alguien contestara, yenfrentarse a la posibilidad de que las cosas continuaran tan mal como la pasada semana… Se veía incapaz de hacerlo.

Barbara se dijo que, de todos modos, era absurdo llamar a Acton. La señora Gustafson estaba casi sorda.



28 из 442