Todo eso había sucedido dos días antes, otra indicación de que la señora Gustafson no era la solución.

Barbara había intentado solucionar el problema de diversas maneras desde que su padre había muerto, ocho meses antes

A continuación, probó un total de cuatro cuidadores pagados que duraron un total de doce semanas. Probó a un grupo religioso. Contrató a una serie de asistentes sociales. Se puso en contacto con los servicios de Bienestar Social y solicitó ayuda. Y por fin, pensó en recurrir a la señora Gustafson, su vecina, la cual aceptó el trabajo de forma temporal, desoyendo los consejos de su propia hija. Sin embargo, la capacidad de la señora Gustafson para cuidar a la señora Havers se reveló escasa, y aún más escaso el deseo de Barbara de soportar los descuidos de la anciana. Era cuestión de días que algo ocurriera.

Barbara sabía que la respuesta era una institución, pero no podía vivir con el peso de dejar a su madre en un hospital público, conociendo las deficiencias endémicas de la Seguridad Social. Al mismo tiempo, no podía pagar los gastos de un hospital privado, a menos que ganara en las quinielas, como un Freddie Clegg en versión femenina.

Buscó en el bolsillo de la chaqueta la tarjeta que había guardado por la mañana. Hawthorn Lodge, Uneeda Drive, Greenford, decía. Una sola llamada a Florence Magentry y sus problemas se solucionarían.

– Señora Fio -había dicho la señora Magentry cuando abrió la puerta a Barbara, a las nueve y media de aquella mañana-. Así me llaman mis cariños. Señora Fio.

Vivía en una casa semiadosada de dos pisos, fruto del insípido período de posguerra, a la que llamaba con gran optimismo Hawthorn Lodge. La casa, cuya planta baja era de estuco gris, mitigado por la fachada de ladrillo, ofrecía como características destacadas un maderaje color sangre de toro y una ventana salediza de cinco cristales que daba al jardín delantero, sembrado de gnomos.



31 из 442