
– Yo lo llamo visitas -dijo la señora Fio, y palmeó el brazo de Barbara con una mano que era suave, blanca y sorprendentemente cálida-. Así parece menos permanente, ¿verdad? Permítame que se la enseñe.
Barbara sabía que buscaba características ideales. Archivó los elementos en su mente. Muebles cómodos en la sala de estar (gastados, pero bien hechos), además de un televisor, una cadena estéreo, dos estanterías cargadas de libros y una colección de revistas grandes y a todo color; las paredes recién pintadas y empapeladas, con alegres cuadros colgados de las paredes; una cocina y un comedor pequeños, cuyas ventanas daban al patio trasero; cuatro dormitorios en el piso de arriba, uno para la señora Fio y los otros tres para los cariños. Dos retretes, uno arriba y otro abajo, de un blanco inmaculado y con accesorios que relucían como la plata. Sin olvidar a la propia señora Fio, con sus gafas de montura ancha, su moderno peinado con raya y su pulcra blusa, cerrada en la garganta mediante un broche en forma de pensamiento. Tenía aspecto de matrona inteligente y olía a limones.
– Ha telefoneado en el momento adecuado -dijo la señora Fio-. Perdimos a nuestra querida señora Tilbird la semana pasada. Tenía noventa y tres años. Tiesa como un huso. Falleció mientras dormía, Dios la bendiga. Con la placidez que una desearía para cualquiera. Estaba conmigo desde hacía diez años menos un mes. -Los ojos de la señora Fio se nublaron en su cara de mejillas redondas-. Bien, nadie vive eternamente, y esa es la verdad, ¿no? ¿Le gustaría conocer a mis cariños?
