
La puerta principal se abrió entre pilastras de ladrillo, y sus paneles de roble pulido capturaron la escasa luz del atardecer que lograba abrirse paso entre la niebla. La mujer de Anthony, Justine, aguardaba con una mano sobre el pomo de la puerta.
– Entra, Glyn, por favor -dijo-. He preparado té.
Retrocedió de nuevo hacia el interior de la casa, sin ofrecer condolencias que tal vez no serían bien recibidas.
Anthony siguió a Glyn, subió su maleta al cuarto de invitados y volvió a la sala de estar. Glyn contemplaba por una ventana el jardín delantero, con sus muebles blancos de hierro forjado, primorosamente dispuestos, que brillaban en la niebla; Justine estaba junto al sofá, con las puntas de los dedos apretadas frente a ella.
Su primera y segunda esposas no podían ser más diferentes. Glyn, de cuarenta y seis años, no hacía nada para disimular los embates de la edad. Su rostro empezaba a desmoronarse: patas de gallo en los ojos, profundas líneas como surcos desde la nariz a la barbilla, menudas hendiduras que nacían en sus labios; la carne que empezaba a perder tirantez restaba definición a su mentón. El pelo veteado de gris, largo y recogido con un severo moño. Su cuerpo se estaba ensanchando en la cintura y las caderas, y lo cubría con tweed, lana, medias de color carne y zapatos sin tacón.
En contraste, Justine aún lograba, a sus treinta y cinco años, sugerir la lozanía de la juventud. Agraciada con la estructura facial que mejora su aspecto con la edad, era atractiva sin ser bella, de piel suave, ojos azules, pómulos afilados y mentón firme. Era alta, delgada, con una cascada de cabello rubio que caía suelto sobre sus hombros, como el de una adolescente. Esbelta y elegante, llevaba la misma indumentaria con que había ido a trabajar por la mañana, traje gris a medida con un cinturón negro, medias grises, zapatos negros, un broche plateado en la solapa. Estaba perfecta, como siempre.
Anthony desvió la vista hacia el comedor, donde Justine había dispuesto la mesa para el té de la tarde.
