Vio que los ojos de Glyn examinaban la fachada de la casa, y se preguntó si haría algún comentario. No había estado en Cambridge desde que ayudó a Elena a instalarse en la ciudad, a principios del primer trimestre, y ni siquiera había puesto los pies en Adams Road.

Sabía que vería la casa como una combinación de elementos procedentes de un segundo matrimonio, bienes materiales y su egocentrismo profesional, una verdadera exhibición de su éxito. Ladrillo, tres plantas, madera blanca, azulejos decorativos que trepaban desde el segundo piso al límite del tejado, una salita acristalada, coronada por una terraza. Algo alejado años luz de su claustrofóbica vivienda de recién casados, tres habitaciones en la calle Hope, más de veinte años atrás. Esta casa se alzaba solitaria al final de un sendero curvo, apartada de los vecinos, a menos de dos metros de la calle. Era la casa de un profesor en activo, un miembro respetado de la facultad de Historia. No era un apartamento mal iluminado en que los sueños se desmoronaban.

A la derecha de la casa, una cerca de madera de haya, que brillaba con los colores del otoño, aislaba el jardín trasero. Un perro perdiguero surgió por una abertura entre los arbustos y corrió alegremente hacia el coche. Cuando vio al animal, Glyn habló por primera vez, en voz baja, sin expresar la menor emoción.

– ¿Ese es su perro?

– Sí.

– No podíamos tener uno en Londres. El piso era demasiado pequeño. Siempre quiso un perro. Hablaba de un perro de aguas. Ella…

Glyn se interrumpió y bajó del coche. El perro avanzó dos pasos, vacilante, y sacó de repente la lengua, en una especie de sonrisa canina. Glyn contempló al animal, pero no hizo el menor intento de acariciarlo. El perdiguero avanzó otros dos pasos y olfateó sus pies. Glyn parpadeó y miró de nuevo hacia la casa.

– Justine te ha construido un bonito lugar donde vivir, Anthony.



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