
La mujer herida estaba tumbada encima de una mesa metálica. Morty vio enseguida que era grave y se volvió hacia La Sombra.
– Ayúdela -le dijo.
A Morty no le gustó el tono de voz del hombre. Había ira en ella, sin duda, pero predominaba en él un timbre de desesperación, de súplica descarnada.
– Tiene mal aspecto -dijo.
– Si muere, lo mato -amenazó el hombre arrimando la pistola al pecho de Morty.
Morty tragó saliva. Quedaba claro. Se acercó a la mujer. Había curado a lo largo de los años a muchos hombres en aquel sótano, pero era la primera vez que atendía a una mujer. Se ganaba así la vida: unos puntos de sutura y listo; porque si alguien se presenta en una unidad de urgencias con un balazo o una puñalada, el médico de guardia está obligado a denunciarlo. Por eso venían a la clínica clandestina de Morty.
Rememoró las lecciones de protocolos de urgencia de la Facultad de Medicina, el abecé por así decir: vías aéreas, respiración, pulso. La respiración era entrecortada y con salivación.
– ¿Le hizo esto usted?
El hombre no dijo nada.
Morty hizo, lo mejor que pudo, una cura provisional para estabilizarla y que se la llevara de allí.
Cuando terminó, el hombre la incorporó con cuidado.
– Si dice algo…
– He recibido amenazas peores.
El desconocido se marchó apresuradamente con la mujer malherida y Morty se quedó en el sótano. Tenía los nervios deshechos por el sobresalto al despertarse; suspiró y decidió volver a la cama. Pero antes de subir Morty cometió un error fatal: mirar por la ventana que daba a la parte de atrás.
Vio que el hombre llevaba a la mujer hasta un coche donde la tumbaba con cuidado, casi con ternura, en el asiento trasero. Sin perder un detalle de la escena, Morty vio a alguien más que se movía; entrecerró los ojos y sintió una conmoción: en el asiento de atrás había otro pasajero, un pasajero incongruente. Morty estiró el brazo automáticamente para coger el teléfono, pero se detuvo. ¿A quién iba a llamar? ¿Qué iba a decir?
