Era un regalo de Leah después de graduarse en la Facultad de Medicina de la Universidad de Columbia hacía más de cuarenta años. Después había ejercido durante treinta años en Great Neck como internista. Había tenido tres hijos con Leah, y ahora allí estaba, con sus casi setenta años, viviendo en una habitación miserable y debiendo dinero y favores a casi todo el mundo.

El juego. Ésa había sido la droga para Morty. Había vivido durante años como un ludópata, contemporizando con sus demonios interiores pero manteniéndolos a raya hasta que finalmente se apoderaron de él. Siempre sucede así. Muchos comentaban que era Leah quien lo había inducido al juego y quizá fuese cierto, pero al morir ella Morty ya no encontró razones para seguir luchando y dejó que los demonios hicieran presa en él.

Morty lo había perdido todo, incluso la licencia para ejercer como médico. Se trasladó al oeste, vivía en aquella pocilga y se pasaba las noches en la mesa de juego. Sus hijos -ya mayores y a su vez con hijos- ya no le llamaban; lo culpaban de la muerte de su madre y decían que él la había hecho envejecer. Probablemente tenían razón.

– Dese prisa -dijo el hombre.

– Bien, bien.

Comenzaron a bajar la escalera del sótano y Morty vio que habían encendido la luz. Aquel edificio, su reciente y lóbrega morada, había sido una funeraria. Él alquilaba una habitación en la planta baja con derecho a uso del sótano en que antaño se recibían los cadáveres para embalsamarlos.

Presidía un rincón del fondo del sótano un tobogán oxidado que comunicaba con el aparcamiento trasero desde donde dejaban caer los cadáveres. Las paredes estaban recubiertas de azulejos, desprendidos en parte. Para abrir el grifo había que usar unos alicates y a casi todos los armarios les faltaban las puertas. Aún conservaba el olor a muerto; un viejo fantasma que se negaba a irse.



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