Me pregunté si aún existiría. Mi madre -a quien hasta los niños llamaban Sunny- solía seguirnos hasta el colegio casi subrepticiamente y nosotros poníamos los ojos en blanco cuando notábamos que se escondía detrás de un árbol. Sonreí al pensar en aquel sentido sobreprotector, que a mí tanto me molestaba y ante el que Ken simplemente se encogía de hombros. Ken era desde luego lo bastante tranquilo para que le fuera indiferente. Yo no.

Sentí un nudo en el estómago y seguí adelante.

Quizá fuese mi imaginación, pero noté que la gente me miraba. Era como si se hubiera apagado el ruido de las bicicletas, de los pases de baloncesto, de los aspersores y de los cortacéspedes, de los gritos de los jugadores. Algunos me miraban con curiosidad porque era realmente extraño ver a alguien con traje gris oscuro pasear por allí una tarde de verano, pero la mayoría, o a mí me lo pareció, miraban horrorizados al reconocerme, sin poder creerse que osara hollar aquel suelo sagrado.

Llegué decidido hasta el 47 de Coddington Terrace. Me había aflojado la corbata; metí las manos en los bolsillos y recorrí la curva del camino de entrada a la casa. ¿Por qué había ido allí? Vi moverse un visillo y tras el cristal surgió el rostro demacrado y espectral de la señora Miller, que me miraba con odio. Yo le sostuve la mirada. Ella me siguió mirando, pero para mi sorpresa dulcificó acto seguido su actitud, como si nuestra mutua angustia hubiese conectado en cierto modo. Me saludó con una inclinación de cabeza. Yo correspondí sintiendo que mis ojos se inundaban de lágrimas.


Quizá conozcáis la historia por 20/20 o Prime Time Live, o cualquier programa basura de televisión. Para quienes no la conozcan, ésta es la versión oficial: el 17 de octubre, hace once años, en Livingston, Nueva Jersey, mi hermano Ken Klein, de veinticuatro años, violó y estranguló brutalmente a nuestra vecina Julie Miller.



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