
En el sótano de su casa. Coddington Terrace 47.
Allí encontraron el cadáver. Aunque no había pruebas concluyentes de que la hubieran asesinado en aquel cuarto destartalado o de si la habían dejado una vez muerta detrás del sofá a rayas mojado, casi por unanimidad todos se inclinaban por lo primero. Mi hermano huyó y desapareció, repito que según la versión oficial.
Estos últimos once años, Ken ha burlado todos los operativos policiales de captura internacionales, aunque ha «sido visto».
La primera vez fue aproximadamente un año después del crimen en un pueblecito pesquero en el norte de Suecia. La Interpol se presentó, pero mi hermano logró librarse de ella. Se supone que recibió un aviso. No imagino cómo ni de quién.
La segunda vez fue cuatro años más tarde en Barcelona. Ken había alquilado -según la noticia del periódico- «una hacienda con vistas al océano» (Barcelona no está al borde de ningún océano) con -según decía el periódico, repito- «una mujer esbelta, de pelo negro, quizá bailarina de flamenco». Fue nada menos que un vecino de Livingston que pasaba allí las vacaciones quien dijo haber visto a Ken y a su amante española comiendo en la playa. La descripción de mi hermano correspondía a la de un hombre bronceado, de buen aspecto, con camisa blanca desabrochada y mocasines sin calcetines. El vecino de Livingston, Rick Horowitz, fue compañero mío en cuarto grado, en clase del señor Hunt, y recuerdo que durante tres meses el tal Rick hizo nuestras delicias comiendo orugas en los recreos.
El Ken de Barcelona volvió a escurrirse entre las garras de la ley.
El último supuesto avistamiento de mi hermano tuvo lugar en una pista de esquí de los Alpes franceses (lo curioso es que Ken nunca había esquiado antes del asesinato). Eso fue todo, salvo una noticia en 48 Horas. A lo largo de los años, la condición de fugitivo de mi hermano se había convertido en la versión criminal del vídeo musical Where Are They Now?, y aparecía donde surgía el menor rumor o, lo que es más probable, cuando las mallas de pesca de la cadena de televisión estaban flojas de capturas.
