
Yo odiaba por naturaleza los «reportajes televisivos» sobre «periferias urbanas delictivas» o de cualquier genérico parecido que inventaran. Sus «reportajes especiales» (me gustaría que por una vez calificasen a alguno de «reportaje normal sobre una historia ya contada»), iban siempre acompañados de idénticas fotografías de Ken con aquellos pantalones blancos de tenis -Ken figuró en su día en el ranking nacional de tenistas- y su gesto más pretencioso. No sé de dónde las sacaron. En ellas Ken aparece guapo de esa forma que cae mal a la gente de inmediato: altivo, peinado a la manera de Kennedy y con un bronceado que contrasta brutalmente con el blanco de los dientes. El Ken de la fotografía en cuestión parece uno de esos privilegiados (cosa que no era) que pasan por la vida aprovechando su encanto (algo sí) y gracias a una cuenta bancada heredada (que él no tenía).
Yo aparecí en uno de esos reportajes porque un productor se puso en contacto conmigo, cuando la noticia era reciente, para decirme que quería presentar «los dos aspectos con imparcialidad». Señaló que había mucha gente decidida a linchar a mi hermano. Lo cierto era que, para lograr cierto «equilibrio», lo que realmente necesitaban era a alguien capaz de describir al «auténtico Ken».
Me dejé engañar.
Una presentadora rubia teñida de modales agradables me hizo una entrevista de más de una hora. En realidad, me agradó. Fue terapéutica. Me dio las gracias y me acompañó hasta la puerta, y cuando emitieron el reportaje sólo salió un recorte de la entrevista y eliminaron la pregunta de: «En cualquier caso, ¿no irá a decirnos que su hermano era perfecto, verdad? No pretenderá decirnos que era un santo, ¿no es cierto?», y únicamente dieron mi imagen en un primerísimo plano comentando con gesto de perplejidad: «Ken no era ningún santo, Diane».
