Sin levantar los ojos, Sheila dijo con una leve sonrisa:

– Corta.

– No estoy haciendo nada.

Finalmente, alzó la vista y vio mi expresión.

– ¿Qué sucede? -dijo.

– Tú eres mi vida -respondí escuetamente encogiéndome de hombros.

– Y tú estás muy bien.

– Sí; es cierto -contesté.

Ella hizo amago de darme una bofetada.

– Sabes que te quiero -añadió.

– ¿Qué es la vida sin amor?

Sheila puso los ojos en blanco, volvió la vista hacia el lado que solía ocupar mi madre en la cama y se calmó.

– ¿En qué piensas? -pregunté.

– En tu madre. La apreciaba mucho -contestó sonriendo.

– Ojalá la hubieses conocido antes.

– Ojalá.

Comenzamos a ojear recortes plastificados y tarjetas de nacimiento: la de Melissa, la de Ken, la mía; artículos sobre los triunfos de Ken en tenis: sus trofeos, aquellos homúnculos con raqueta que seguían llenando su dormitorio. Había fotos, casi todas antiguas, de antes del asesinato. Sunny, así llamaban a mi madre desde niña. Le pegaba. Había una foto suya de cuando fue presidenta de la Asociación de Padres, en donde se la veía haciendo no sé qué en el escenario con un sombrero ridículo mientras las otras madres se partían de risa. En otra aparecía en la fiesta del colegio vestida de payaso. Sunny era la persona mayor preferida de mis amigos; les encantaba cuando organizaba el transporte de la gente en los coches; les gustaba hacer una fiesta de fin de curso en nuestra casa. Sunny era una madre enrollada sin ser empalagosa, sólo un poco «ida», quizás algo alocada y por ello imprevisible. Era una mujer que suscitaba siempre cierto alboroto, cierta agitación como quien dice.

Estuvimos en la habitación más de dos horas. Sheila miraba despacio y atentamente las fotos. Al llegar a una de ellas se detuvo y frunció la frente.



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